Hay que empezar por definir. Cuál cultura, cuál transición. Hablamos desde un contexto socio-histórico particular y queremos hacerlo no desde una perspectiva académica sino vivencial. Hablamos desde Venezuela, año 2010, viviendo lo que hemos denominado la transición hacia el socialismo, una utopía, un engendro, un caos, una oportunidad para aprovechar(se), un reacomodo del capitalismo, una imposibilidad, un sueño, una necesidad, una reivindicación, una búsqueda, un encuentro, una intención, una proclama.
Esa transición nos confunde a todos, nos hace encontrarnos con lo mejor y lo peor de nosotros y de los otros. La ganancia es que cada día son menos los apáticos, los que no opinan, aquellos formados para no cuestionar y que no cuestionaron ni cuestionan, esos, los más funcionales para el capitalismo, han comenzado a faltar a su aprendido destino aunque sea por la rabia, el miedo, la desazón, la incertidumbre. La esperanza es que el estímulo socio-cultural que ha significado Hugo Chávez para este pueblo, chavistas y no chavistas, no sea como la droga L-dopa que le daba el Dr. Sayer a los pacientes catatónicos en la película Despertares (P.Marshall 1990), un paliativo transitorio, que desaparezca y nos vuelva a dejar catatónicos, pasivos, conformes, sin visión de futuro y, en el mejor de los casos, añorando el pasado.
El reto es hacer de esa esfervecencia el camino hacia la trascendencia, mantener la activación de la conciencia de lo que somos y de lo que queremos ser, aún cuando cada quien fije su mirada en objetivos distintos. Como quiera que sea, a estas alturas, ni el más empedernido escuálido puede ignorar ahora que las trasnacionales tienen intereses distintos a los de los países donde operan, ni que el imperialismo yanqui está lleno de contradicciones, de odio y de muerte, que la iglesia católica está perdiendo razones para mantener su estructura actual, que las leyes tienen trasfondo político y no necesariamente son justas, que toda la educación es ideologizante, que el trabajador si no controla los medios de producción está enriqueciendo a otros. Es cosa de ellos pensar que no es necesario transformar esas realidades, que es mejor trascender tratando de formar parte de la élite a través del consumismo, la explotación, la competencia, el elitismo, la exclusión, la intolerancia, el libre mercado que sustituye a la libertad.
Pero en la defensa de esos pseudovalores también contribuyen a la esfervescencia, a que los otros no estemos tranquilos, catatónicos. Que busquemos el modo, la manera, la vía para salir de la transición de llegar a la meta, combatiendo al escuálido que el capitalismo sembró en nosotros y que lucha por exhibirse en el evento cotidiano, en el no saludo, en el coleado, en el vivo, en el corrupto, en el venezolano que no queremos ser.
Esa transición nos confunde a todos, nos hace encontrarnos con lo mejor y lo peor de nosotros y de los otros. La ganancia es que cada día son menos los apáticos, los que no opinan, aquellos formados para no cuestionar y que no cuestionaron ni cuestionan, esos, los más funcionales para el capitalismo, han comenzado a faltar a su aprendido destino aunque sea por la rabia, el miedo, la desazón, la incertidumbre. La esperanza es que el estímulo socio-cultural que ha significado Hugo Chávez para este pueblo, chavistas y no chavistas, no sea como la droga L-dopa que le daba el Dr. Sayer a los pacientes catatónicos en la película Despertares (P.Marshall 1990), un paliativo transitorio, que desaparezca y nos vuelva a dejar catatónicos, pasivos, conformes, sin visión de futuro y, en el mejor de los casos, añorando el pasado.
El reto es hacer de esa esfervecencia el camino hacia la trascendencia, mantener la activación de la conciencia de lo que somos y de lo que queremos ser, aún cuando cada quien fije su mirada en objetivos distintos. Como quiera que sea, a estas alturas, ni el más empedernido escuálido puede ignorar ahora que las trasnacionales tienen intereses distintos a los de los países donde operan, ni que el imperialismo yanqui está lleno de contradicciones, de odio y de muerte, que la iglesia católica está perdiendo razones para mantener su estructura actual, que las leyes tienen trasfondo político y no necesariamente son justas, que toda la educación es ideologizante, que el trabajador si no controla los medios de producción está enriqueciendo a otros. Es cosa de ellos pensar que no es necesario transformar esas realidades, que es mejor trascender tratando de formar parte de la élite a través del consumismo, la explotación, la competencia, el elitismo, la exclusión, la intolerancia, el libre mercado que sustituye a la libertad.
Pero en la defensa de esos pseudovalores también contribuyen a la esfervescencia, a que los otros no estemos tranquilos, catatónicos. Que busquemos el modo, la manera, la vía para salir de la transición de llegar a la meta, combatiendo al escuálido que el capitalismo sembró en nosotros y que lucha por exhibirse en el evento cotidiano, en el no saludo, en el coleado, en el vivo, en el corrupto, en el venezolano que no queremos ser.
Es precisamente la defensa de esos pseudovalores lo que hace que pongamos resistencia al cambio, particularmente les llamo antivalores. Regularmente oígo a las personas en su mayoría preguntarse: ¿Que tipo de socialismo queremos?, ¿como deben ser las relaciones con los medios de produccion en el socialismo?, ¿sera que el socialismo y el capilismo pueden convivir juntos?, etc. pero nunca oígo que nos plantiemos ¿como deberìa ser la mujer y el hombre que demanda nuestro soñado sistema socialista?, ¿que valores deberían caracterizarnos?, ¿que debemos hacer para podernos considerar socialistas y cuando debemos empezar?, etc. Muchos venezolan@s nos rasgamos las vestiduras, andamos vestidos de rojitos, nos hacemos llamar revolucionarios y en la praxis social la cagam... con todos esos antivalores que ya conocemos porque nos resulta más fácil criticar y exigirle a los demás que empezar ha ser ejemplo para otros. hablamos de la subversión del orden de las ideas y no de la Reproducción de toda la mierd... que ha sembrado el capitalismo en nosotros y nosotras. Que gatopardismo no?
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